martes, 25 de octubre de 2016



¿Humanos?



por  Euler Ricardo Arévalo Villarreal1





«La esencia de la razón no consiste en asegurar al hombre
un fundamento y poderes, sino en cuestionarlo y en 
invitarlo a la justicia»
Emmanuel Levinas



   Hablamos de ética, hablamos de comportamientos humanos, hablamos de «el buen comportamiento» o «la acción correcta», por lo tanto, hablamos de sociedad. ¿Qué guía los comportamientos humanos? El hombre, complejo y caótico, encuentra para sí leyes que, si bien no están en el papel, hacen parte de la sociedad en general y todos las obedecen. ¿Son acaso leyes morales? ¿Quién las instauró? Según la historia lo primero que se escribió fueron leyes, hablo del código Hammurabi en la antigua babilonia; pero, para que esas leyes sean escritas —y por lo tanto legales— tuvo que existir un modelo ético que las antecedió, hubo una forma cuando el mundo parió civilización, que dictaminó un pacto entre las gentes para establecer su conducta (entre las personas, entre sus gobernantes y entre diferentes pueblos)... En este ensayo dejamos atrás la ley escrita, nos preguntamos por lo intangible de ella: la moral que la sustenta.


    Así, siguiendo a Cortina (1997: 41) encontramos que «las palabras “ética” y “moral” en sus respectivos orígenes […] significan prácticamente lo mismo: carácter, costumbres. Por eso está sobradamente justificado que la gente normal y corriente las utilice como sinónimos. Ambas expresiones se refieren, a fin de cuentas, a un tipo de saber que nos orienta para forjarnos un buen carácter, que nos permita enfrentar la vida con altura humana (la cursiva es mía)». No obstante, ya en el nivel académico, existe una distinción crucial entre ética y moral en cuanto a tipos de saber, uno de ellos «forma parte de la vida cotidiana y ha estado presente en todas las personas y en todas las sociedades (la moral), y el otro reflexiona sobre el [primero] filosóficamente y, por lo tanto, nació al tiempo que la filosofía (la ética o filosofía moral)» (Cortina, 1997: 42). Pero en Colombia surge un conflicto entre moral y ética, debido a que la moral es producto de la Iglesia católica y ésta, a su vez, es producto del colonialismo español en Latinoamérica, colonialismo altamente extractivista y esclavista como es bien sabido.


    En Colombia la religión es y ha sido una de las instituciones de mayor trascendencia a la hora de fijar pautas morales. Pautas, que para su época, ocuparon un papel primordial en la organización social y la estructura económica, veamos el ejemplo antioqueño:


   «Los migrantes antioqueños provenían de grupos que, a contrapelo del ethos aristocrático prevaleciente en la colonia, no vivían parasitariamente del trabajo indígena o negro sino que valoraban el esfuerzo personal. Además, la estricta moral católica (la cursiva es mía) operaba en ellos castigando el derroche y premiando el orden, la responsabilidad y el ahorro.» (Castro-Gómez, 2008: 16)

   Pero estas pautas, al fin y al cabo, son utilitarias. La «estricta moral católica», base de nuestros hogares y nuestra formación familiar, no es una ética por y para la humanidad. Si entendemos que el ser humano es un fin en sí mismo y no un mero instrumento, y que, por tanto, no es bueno todo aquello que nos es útil... el prisma con que hemos sido «educados» cambia. Eso quiere decir que tanto el habitante de calle como el banquero son dignos, aunque el segundo sea más «útil» al capital y el primero sea víctima del mismo. Pero en la vida cotidiana, ésa que desanda las calles blancas de esta ciudad, la moral no funciona así; basta con mirar ¡con qué agrado! y reverencia tratan a quien luce corbata y el desprecio al mal vestido, aunque, ambos son dignos por ser humanos y racionales. Pero Kant nos puede aclarar esto mucho mejor:

   «En el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente, en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad.

   Lo que se refiere a las inclinaciones y necesidades del hombre tiene un precio comercial, lo que, sin suponer una necesidad, se conforma a cierto gusto, es decir, a una satisfacción producida por el simple juego, sin fin alguno, de nuestras facultades, tiene un precio de afecto; pero aquello que constituye la condición para que algo sea fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio, sino un valor interno, esto es dignidad. La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin e sí mismo»(Kant, 1986).


   La pregunta es: ¿Cómo vamos a sacar de la mente de nuestros padres esa moral tan familiar a la violencia y al castigo, y en su lugar poner una ética humana que invite a salir a la calle y comprometerse? Porque aquella moral —de cuño católico— sí que ha servido para crear novelas, enarbolar banderas y reprimir sexualidades; pero no para comprender la diversidad y complejidad humanas. Se necesitarán nuevos hombres, dirá Nietzsche, que no les de miedo manifestar: «No puedo ser feliz si el otro es infeliz».



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

— Castro-Gómez, Santiago. 2008. Genealogías de la colombianidad. Bogotá D.C.: Universidad Javeriana, 2008.


— Cortina, Adela. 1998. El mundo de los valores. «Ética mínima» y educación.Madrid: El Búho, 1998.

— Kant, Immanuel. 1986. Grundlegung zur Metaphysik der Sitten (Fundamentación de la metafísica de las costumbres). Riga: Taschenbuch, 1986.




1Euler Ricardo Arévalo Villarreal, estudiante, Departamento de Ciencia Política, Universidad del Cauca.

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