¿Humanos?
«La esencia de la razón no consiste en asegurar al hombre
un fundamento y poderes, sino en cuestionarlo y en
invitarlo a la justicia»
Emmanuel Levinas
Emmanuel Levinas
Hablamos
de ética, hablamos de comportamientos humanos, hablamos de «el buen
comportamiento» o «la acción correcta», por lo tanto, hablamos de
sociedad. ¿Qué guía los comportamientos humanos? El hombre,
complejo y caótico, encuentra para sí leyes que, si bien no están
en el papel, hacen parte de la sociedad en general y todos las
obedecen. ¿Son acaso leyes morales? ¿Quién las instauró? Según
la historia lo primero que se escribió fueron leyes, hablo del
código Hammurabi en la antigua babilonia; pero, para que esas leyes
sean escritas —y por lo tanto legales— tuvo que existir un modelo
ético que las antecedió, hubo una forma cuando el mundo parió
civilización, que dictaminó un pacto entre las gentes para
establecer su conducta (entre las personas, entre sus gobernantes y
entre diferentes pueblos)... En este ensayo dejamos atrás la ley
escrita, nos preguntamos por lo intangible de ella: la moral que la
sustenta.
Así,
siguiendo a Cortina (1997: 41) encontramos que «las palabras “ética”
y “moral” en sus respectivos orígenes […] significan
prácticamente lo mismo: carácter, costumbres. Por eso está
sobradamente justificado que la gente normal y corriente las utilice
como sinónimos. Ambas expresiones se refieren, a fin de cuentas, a
un tipo de saber que nos orienta para forjarnos un buen carácter,
que nos permita enfrentar la vida con altura humana (la
cursiva es mía)». No obstante, ya en el nivel académico, existe
una distinción crucial entre ética y moral en cuanto a tipos de
saber, uno de ellos «forma parte de la vida cotidiana y ha estado
presente en todas las personas y en todas las sociedades (la moral),
y el otro reflexiona sobre el [primero] filosóficamente y, por lo
tanto, nació al tiempo que la filosofía (la ética o filosofía
moral)» (Cortina, 1997: 42). Pero en Colombia surge un conflicto
entre moral y ética, debido a que la moral es producto de la Iglesia
católica y ésta, a su vez, es producto del colonialismo español en Latinoamérica, colonialismo altamente extractivista y esclavista
como es bien sabido.
En
Colombia la religión es y ha sido una de las instituciones de mayor
trascendencia a la hora de fijar pautas morales. Pautas, que para su
época, ocuparon un papel primordial en la organización social y la
estructura económica, veamos el ejemplo antioqueño:
«Los
migrantes antioqueños provenían de grupos que, a contrapelo del
ethos aristocrático prevaleciente en la colonia, no vivían
parasitariamente del trabajo indígena o negro sino que valoraban el
esfuerzo personal. Además, la estricta moral católica (la
cursiva es mía) operaba en ellos castigando el derroche y premiando
el orden, la responsabilidad y el ahorro.» (Castro-Gómez, 2008: 16)
Pero
estas pautas, al fin y al cabo, son utilitarias. La «estricta moral
católica», base de nuestros hogares y nuestra formación familiar,
no es una ética por y para la humanidad. Si entendemos que el ser
humano es un fin en sí mismo y no un mero instrumento, y que, por
tanto, no es bueno todo aquello que nos es útil... el prisma con que
hemos sido «educados» cambia. Eso quiere decir que tanto el
habitante de calle como el banquero son dignos, aunque el segundo sea
más «útil» al capital y el primero sea víctima del mismo. Pero
en la vida cotidiana, ésa que desanda las calles blancas de esta
ciudad, la moral no funciona así; basta con mirar ¡con qué agrado! y
reverencia tratan a quien luce corbata y el desprecio al mal
vestido, aunque, ambos son dignos por ser humanos y racionales. Pero
Kant nos puede aclarar esto mucho mejor:
«En
el reino de los fines todo tiene o un precio o una dignidad. Aquello
que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente, en
cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no
admite nada equivalente, eso tiene una dignidad.
Lo
que se refiere a las inclinaciones y necesidades del hombre tiene un
precio comercial, lo que, sin suponer una necesidad, se conforma a
cierto gusto, es decir, a una satisfacción producida por el simple
juego, sin fin alguno, de nuestras facultades, tiene un precio de
afecto; pero aquello que constituye la condición para que algo sea
fin en sí mismo, eso no tiene meramente valor relativo o precio,
sino un valor interno, esto es dignidad. La moralidad es la condición
bajo la cual un ser racional puede ser fin e sí mismo»(Kant, 1986).
La
pregunta es: ¿Cómo vamos a sacar de la mente de nuestros padres esa
moral tan familiar a la violencia y al castigo, y en su lugar poner
una ética humana que invite a salir a la calle y comprometerse?
Porque aquella moral —de cuño católico— sí que ha servido para
crear novelas, enarbolar banderas y reprimir sexualidades; pero no
para comprender la diversidad y complejidad humanas. Se necesitarán
nuevos hombres, dirá Nietzsche, que no les de miedo manifestar: «No
puedo ser feliz si el otro es infeliz».
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:
— Castro-Gómez, Santiago. 2008. Genealogías de la colombianidad. Bogotá D.C.: Universidad Javeriana, 2008.
— Cortina, Adela. 1998. El mundo de los valores. «Ética mínima» y educación.Madrid: El Búho, 1998.
— Kant, Immanuel. 1986. Grundlegung zur Metaphysik der Sitten (Fundamentación de la metafísica de las costumbres). Riga: Taschenbuch, 1986.
1Euler
Ricardo Arévalo Villarreal, estudiante, Departamento de Ciencia
Política, Universidad del Cauca.

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