miércoles, 26 de octubre de 2016

Del objeto al sujeto, el problema ético






Las cárceles, los hospitales y las escuelas presentan
similitudes porque sirven para la intención primera
de la civilización: la coacción”
Michel Foucault

     Aunque éste parece ser el titulo de un trabajo epistemológico, no es así. La lectura pretende reflexionar acerca de cómo somos tratados los estudiantes y, en particular, como se pretende que interioricemos (naturalizar) ciertas reglas de «comportamiento» (reglas morales) dentro del aula. Analizaremos, en especial, una de estas normas: el uso de un determinado largo en la falda de las estudiantes.

  Ya en la época de la posguerra Simone de Beauvoir (1949: 109) había dejado en claro que «no se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino» pero, ¿Qué tipo de mujeres están «formando» estas instituciones educativas? El reconocimiento de la historicidad de los constructos sociales permite distinguir lo que se pone en juego en este caso.

  En efecto, la sexualidad, como cualquier otro proceso que pliega la materialidad de procesos sociales en modos de conciencia (según la definición de ideología con que opera Althusser), puede entenderse como la producción de modos de subjetivación por los que se crean sujetos a partir de proceso de control u orientación social. En tal sentido, se entiende el paso del encabezado de este trabajo: el paso de la objetivación como mecanismo de control social a la subjetivación como plano de orientación de conductas, pero en esa misma medida como plano de potencial resistencia o emancipación.

       Las líneas que entonces se van diferenciando al plantear el problema de el control de las medidas en las faldas de las estudiantes son, por un lado, la de la historicidad a que está sujeta la conducta sexual; por otro, la de una práctica de sexualidad propia de la cultura occidental y, en último término, la imposición globalizadora de esta construcción histórica sobre ámbitos culturales “locales”.

     En la vertiente propuesta por Foucault sobre la producción de la sexualidad en occidente resulta claro que la formación histórica de una práctica en torno a un concepto abstracto de sexo termina empleándose como un foco en torno al cual la sexualidad deviene material de control político (a nivel micro y macro: poder disciplinar y biopolítico).


  La diferenciación de poderes que operan no por imposición sino por interiorización que dan paso a formas de sujeto, abre metodológicamente un espacio analítico (y práctico) para comprender procesos socio-históricos que están detrás de una medida tan corriente como el control de vestimenta con “connotación sexual”. Habría que decir, en el caso de la medida de las faldas, se esconde una práctica que erige la sexualidad como foco de atención; es decir, como eje de referencia a la hora de pensar lo que soy. Así, la sexualidad se convierte en un campo privilegiado para producir relaciones de identidad. Una vez establecida la sexualidad como punto central en la discución, el que se reprima o se promueva no comporta mayor problema, sino el que se imponga como foco para definirse como sujeto. Una vez asumida esa claridad metodológica, se puede entender que el problema no estriba en que una falda sea corta o larga, sino en la imposibilidad, por parte del sujeto  (ella o él)  para elegir como vestirse y como mostrarse al mundo.

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