Del
objeto al sujeto, el problema ético
“Las
cárceles, los hospitales y las escuelas presentan
similitudes
porque sirven para la intención primera
de
la civilización: la coacción”
Michel
Foucault
Aunque
éste parece ser el titulo de un trabajo epistemológico, no es así.
La lectura pretende reflexionar acerca de cómo somos tratados los
estudiantes y, en particular, como se pretende que interioricemos
(naturalizar) ciertas reglas de «comportamiento» (reglas morales)
dentro del aula. Analizaremos, en especial, una de estas normas: el
uso de un determinado largo en la falda de las estudiantes.
Ya
en la época de la posguerra Simone de Beauvoir (1949: 109) había
dejado en claro que «no se nace mujer: se llega a serlo. Ningún
destino biológico, psíquico o económico define la figura que
reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de
la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el
macho y el castrado al que se califica de femenino» pero, ¿Qué
tipo de mujeres están «formando» estas instituciones educativas?
El reconocimiento de la historicidad de los constructos sociales
permite distinguir lo que se pone en juego en este caso.
En
efecto, la sexualidad, como cualquier otro proceso que pliega la
materialidad de procesos sociales en modos de conciencia (según la
definición de ideología con que opera Althusser), puede entenderse
como la producción de modos de subjetivación por los que se crean
sujetos a partir de proceso de control u orientación social. En tal
sentido, se entiende el paso del encabezado de este trabajo: el paso
de la objetivación como mecanismo de control social a la
subjetivación como plano de orientación de conductas, pero en esa
misma medida como plano de potencial resistencia o emancipación.
Las
líneas que entonces se van diferenciando al plantear el problema de
el control de las medidas en las faldas de las
estudiantes son, por un lado, la de la historicidad a que está
sujeta la conducta sexual; por otro, la de una práctica de
sexualidad propia de la cultura occidental y, en último término, la
imposición globalizadora de esta construcción histórica sobre
ámbitos culturales “locales”.
En
la vertiente propuesta por Foucault sobre la producción de la
sexualidad en occidente resulta claro que la formación histórica de
una práctica en torno a un concepto abstracto de sexo termina
empleándose como un foco en torno al cual la sexualidad deviene
material de control político (a nivel micro y macro: poder
disciplinar y biopolítico).
La
diferenciación de poderes que operan no por imposición sino por
interiorización que dan paso a formas de sujeto, abre
metodológicamente un espacio analítico (y práctico) para
comprender procesos socio-históricos que están detrás de una
medida tan corriente como el control de vestimenta con “connotación
sexual”. Habría que decir, en el caso de la medida de las faldas,
se esconde una práctica que erige la sexualidad como foco de
atención; es decir, como eje de referencia a la hora de pensar lo
que soy. Así, la sexualidad se convierte en un campo privilegiado
para producir relaciones de identidad. Una vez establecida la
sexualidad como punto central en la discución, el que se reprima o
se promueva no comporta mayor problema, sino
el que se imponga como foco para definirse como sujeto.
Una vez asumida esa claridad metodológica, se puede entender que el
problema no estriba en que una falda sea corta o larga, sino en la
imposibilidad, por parte del sujeto (ella o él) para elegir como vestirse y como mostrarse al mundo.

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